Cuento de Armando José Sequera
Le regalamos un telescopio al abuelo.
Más vale que no.
Nos pidió que subiéramos su mecedora al techo para establecer su observatorio. Después, que lo subiéramos a él: con cuidado, que tengo esta pierna enferma. Posteriormente, la abuela dijo que ella no se quería quedar sola y hubo que subirla también.
Bajarlos es más complicado que subirlos: parece que se nos fueran a caer. Una vez en tierra hay que escuchar las narraciones acerca de lo que ambos han visto.
Si supieran que el telescopio no tiene vidrios.

